Van
doce ediciones, como los doce cascabeles que llevaba por la
carretera el caballo al que cantaba Tomás de Antequera. Como doce
cascabeles van doce ediciones del Salón Internacional del
Caballo. Como para que cualquier actividad o institución sea
tomada en serio debe tener unas siglas, como la Sociedad de
Autores es la SGAE o la Orquesta Nacional es la ONE, el Salón
Internacional del Caballo es el SICAB. La Duquesa de Alba y Curro
Romero inauguraron el SICAB, como pueden ver en este número de
"¡HOLA!", junto a los muy ilustres visitantes que cada
año convida a caballos Tomás Terry. Igual que los famosos
caballos de Terry, en el SICAB también están los famosos de
Tomás Terry entre caballos.
El SICAB tiene cada año más
éxito, y sin menor problema. No sólo no muere de éxito, sino
que ni siquiera pilla un resfriado de éxito. Igual que se
contaban por miles los claveles que le echaron a María de las
Mercedes en el romance, los visitantes del SICAB se cuentan por
cientos de miles. "Ah, claro, en Sevilla, y caballos, con
tanto señorito, ya se sabe..." Pues no, señor. En Sevilla
no hay doscientos o trescientos mil señoritos. "Ni Dios lo premita",
como decía la genial Lola Flores cuando le preguntaron si sabía
hablar inglés. Los doscientos o trescientos mil visitantes
anuales del SICAB no son señoritos cortijeros ni ganaderos de
garrocha, sino señores normales y corrientes a quienes les
encantan los caballos, y que van a verlos con la familia puesta,
con mujer, niños y hasta suegra, como quien acude a un museo. No
andan descaminados. Admirar la exhibición de ejemplares en un
concurso morfológico de pura raza española es, al fin y al cabo,
como ver en el Museo del Prado los caballos que pint� Veláquez
con un Rey de la Casa de Austria en sus lomos. El caballo es un
animal hermoso, elegante. Verlos bracear en una demostración de
doma campera o clásica es contemplar un ballet del reino animal,
algunos hay que son como Nureyev con el hierro del bocado.
El viejo marqués de la Motilla,
Fernando Solís, cuando sus amigos llegaban al casinillo
mosqueados por el embotellamiento que habían tenido que sufrir
con el coche, les decía, con la bondad de su corazón:
-- Ah, pues yo no me mosqueo nada
con los embotellamientos. Si hay estos embotellamientos es señal
de que todo el mundo puede ya tener coche, y eso no es para
mosquearse, sino para alegrarse...
A m� me pasa en cuestión de
SICAB como a Motilla. Aunque s� de caballos apenas las lecciones
de equitación del Brigada Espigares en Pineda, me encantan las
colas de domingueros para admirar los caballos en el SICAB. Como
me encanta por la carretera, en los fines de semana, cruzarme con
los coches todo-terreno que arrastran el remolque de un caballo.
Los alrededores de nuestras ciudades se han llenado de picaderos,
de escuelas hípicas, de cuadras de alquiler. ¿Cuántas tiendas
de moda hípica de confección en España? Hay peñas de
matrimonios amigos que se compran un caballo entre unos cuantos,
para que los disfruten los niños los fines de semana en el
chalecito de la urbanización de la sierra.
No digo ninguna temeridad si
afirmo que el caballo se ha democratizado. Esta sociedad de masas,
que antes conquist� reductos elitistas como la afición al tenis
primero y al golf después, se nos ha vuelto ahora de Caballería.
Ya no hay que ser señorito andaluz para ir a caballo. Hay mucho
"español de a pie" que es dueño de un caballo. O que
por lo menos est� encantado con que la niña quiera ser de mayor
como la Infanta Doña Elena, como le pasa a una amiga mía. A la
hija de esta amiga, en la democratizada moda de lo hípico, le ha
entrado una afición terrible por los caballos de salto, que monta
en el club. La madre te enseña fotos de la niña saltando, de una
copa que hasta ha ganado ya la niña. Pero el padre no est� tanto
por la labor. Mientras la madre me enseñaba las fotos de la
niña, el padre me dijo:
-- S�, a la niña le encanta
saltar a caballo. Pero saltos, saltos, los que se dicen saltos, el
que pega un salto que llega al techo soy yo, cuando veo lo que
tengo que pagar con las facturas de la afición de la niña...

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