ANTONIO BURGOS | EL RECUADRO


 

ABC de Sevilla, 27 de diciembre de 2016
                             
 

Las cláusulas-suelo de Sevilla

Les va a costar un dinero muy curioso a los bancos devolver las cláusulas-suelo que cobraron indebidamente en las hipotecas, según la sentencia de la Justicia europea. Pero la Justicia europea se ha quedado corta, debería haber ido un poquito más lejos. Si se han atrevido con la mayor, meterle mano a lo bancos, con las ganas que la gente les tienen a los bancos, ¿por qué no han seguido con la menor, atreverse con las cláusulas-suelo de la ciudad de Sevilla?

Las cláusulas-suelo de Sevilla son muy fáciles de entender: consisten en que, entre unas cosas y otras, el suelo de los espacios públicos de la ciudad parece que no pertenecen al común de los sevillanos, que son propiedad privada del Ayuntamiento, que hace y deshace con ellos lo que quiere, sin tener en cuanta la comodidad, el disfrute de la vida y de la belleza de la ciudad de los vecinos-pagaches que sostienen ese mismo Ayuntamiento que parece que tiene como única finalidad darles por saco lo más posible.

A mí me hubiera gustado, pues, que la Justicia europea que está haciendo que los bancos devuelvan la tela marinera del telón a los que les ha entrado la risa tonta y las ganas de rechifla al conocer la sentencia de que tienen que darles lo indebidamente apoquinado por la hipoteca, se hubiera pronunciado sobre las lamentables cláusulas del suelo de Sevilla, que son, a saber, y entre otras muchas:

Un suelo sin peligro para los peatones. ¿Han visto cómo están de baches las calles? Bueno, ganancia para los talleres que cambian los amortiguadores de los coches. Eso no lo es lo peor. Peor que los suelos de las calzadas están las losetas de las aceras. Al caminar por Sevilla tienes que ir mirando al suelo continuamente, porque dejas de mirar, pones el pie en un sitio donde falta una loseta, u otra se rompió, o tres no hay, y te esbolillas un pie, o te ganas una lesión de tendones, o directamente te pegas el pellejazo, el vejigazo, el costalazo, con el correspondiente hueso roto. Demasiadas pocas sentencias condenatorias hay contra este Ayuntamiento que tiene tan abandonadas esas aceras donde se rompen las muñecas, los tobillos, los brazos y las piernas a granel.

Un suelo con albero. En el Mercadona de la Plaza de Armas le ha rota la cara a una plaza dura. Que es lo que había que hacer con las plazas de Sevilla: devolverles el albero de toda la vida, y librarlas de su condición de duras. Que como, además, están hechas de prisa y corriendo, en plan "mantente mientras cobro", son un peligro pisar en sus losas, que están peor que las de muchas aceras.

Un suelo sin veladores. El suelo de los sevillanos, los espacios públicos de sus aceras y de sus zonas peatonales, están de hecho siendo privatizados por los bares, con las terrazas de la demagógica coartada de los puestos de trabajo. El suelo de las aceras de la calle Mateos Gago, pon ejemplo, no existe para los sevillanos: todo es de los veladores. Y nada digo de Santa María la Blanca, donde el suelo común ha sido privatizado por las especies de casetas de feria con calentadores que son la última moda en la invasión de veladores.

Un suelo sin manteros. El suelo de los sevillanos es ahora de los inmigrantes de Mali o de Nigeria. Por ejemplo, el del Nervión Plaza. Estos señores negros, con sus artículos ilegales de imitación, no dejan literalmente sitio para caminar. ¿Que es racista lo que he dicho? Bueno, ¿y qué passsa, si no se puede pasar por culpa de estos subsaharianos?

Un suelo para los coches. ¿Pero qué le han hecho los coches al Ayuntamiento? ¿Por qué cada vez tienen menos suelo libre para circular y para aparcar, cuando son tan rentable fuente de ingresos fiscales? Eso cuando no entra en funcionamiento la Máquina de Estrechar Calles, que ya saben para qué sirve: para quitar sitio para los aparcamientos y ponerlo para los veladores. Los suelos de la ciudad andan así, por los suelos de la poca vergüenza; y la Justicia europea como los cobardones sevillanos: sin decir ni pío. Hasta que no se esbolille un pie un magistrado del Tribunal de La Haya de turismo en Sevilla, no pasará nada.

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