Los
expertos en sibaritismo lo dicen: lo mejor es irse de vacaciones
al Caribe no en Navidad, sino una semana después, cuando ya no
hay de turistas americanos que en vacaciones se quitan del frío
de Chicago. Lo mejor es irse a Marbella una semana después de
que empiece el curso escolar; ya se ha vuelto todo el mundo a
Madrid y encuentras cuarto en el hotel que quieras. Son las
excelencias de la temporada baja. Aunque parezca lo contrario,
tras las vacaciones las playas siguen ah�, no se las llevan en
la Operación Retorno. Lo estoy descubriendo en la playa donde
escribo este artículo. No me fui de vacaciones en Semana Santa
porque no hay Guardia Civil suficiente como para sacarme de mi
Sevilla cuando el Gran Poder y la Macarena están en la calle y
la ciudad en flor con sus naranjos. Tampoco me fui como otros
hacen, en los días finales de la Feria de Abril; es como si a
un aficionado de Madrid le dijeran que se fuese a la playa en
San Isidro.
Haciendo caso a los sibaritas,
estoy de vacaciones retrasadas de Semana Santa en Tarifa, donde
mi hijo Fernando viene como mahometano a la Meca: en
peregrinación devotísima de su observancia deportiva del
windsurf. Tarifa es el paraíso europeo de windsurf. Dicen que
ni en Hawaii, California o Australia hay playas con tanto y tan
constante y potente viento. El molesto levante que odian los
bañistas es el que los amantes de la tabla de vela hallan en
Tarifa como la fuente de la eterna juventud deportiva. Es un
milagro que aqu� ocurriera la hazaña legendaria de Guzmán el
Bueno. Cuando Guzmán arroj� el cuchillo a la morisma para que
matara a su hijo antes que entregar la plaza, no s� cómo este
levante espantoso no se llev� volando la daga por lo menos
hasta Tánger... Tarifa ha hecho del viento una doble industria.
Todos sus montes y roquedales, junto al Parque Natural de los
Alcornocales, están llenos de molinos para la aventura de la
energía eólica, ya más de Sancho que de Quijote, por la
rentable y ecológica electricidad que producen. Y las playas
que odiarían los bañistas por el fortísimo viento han
producido un desconocido esplendor turístico, con hermosas
casas rurales de alquiler y apartamentos a la vera del mar del
levante con fuerza 5 o 6, que es el que vienen buscando esas
furgonetas con matrículas de toda Europa cargadas de tablas a
vela o a la última moda, con el "kite", la cometa. Al
contrario de los que vivimos en una ciudad monumental y no
sabemos apreciar lo que tenemos y nos vamos de vacaciones, los
tarifeños están orgullosísimos de lo propio. Les fastidia que
el nombre de Tarifa salga sólo en las trágicas noticias de los
inmigrantes de las pateras que llegan a estas mismas playas del
esplendor turístico del windsurf. Y se esfuerzan en dar a
conocer las maravillas de la cocina local de pescado, con todas
las costas del Estrecho como vivero para el voraz, la melva
canutera o el atún. De aqu�, de las almadrabas del Estrecho,
es el atún que alimenta el prodigio del milagro japonés. Y
atún le ped� al camarero de Casa Morilla, el templo tarifeño
del buen pescado, que me dio una lección de valoración de lo
propio. Cuando salud� a mi hijo, cliente habitual como asiduo
de estos vientos, le pregunt� Fernando si él no se iba de
vacaciones. Y con la mayor firmeza y naturalidad, nos dijo:
-- ¿Salir yo de Tarifa? Miren
ustedes, yo no he pasado una frontera en mi vida, ni siquiera he
ido a Tánger, que est� ah� frente. Yo en las vacaciones me
quedo aqu�, a disfrutar de esto sin tener que trabajar. ¿No
vienen aqu� gentes de todo el mundo, de Alemania, de Suiza, de
Holanda, de Francia? ¿Pues por qu� me voy a ir yo, si esto es
tan bueno que viene tanta gente a verlo? Yo tengo lo mismo que
tienen ustedes los que vienen y, encima... ¡me ahorro el viaje!
Me acord� de lo que me dijo
una vez un escritor norteamericano a quien le enseñaba Sevilla.
Le mostr� los monumentos más conocidos y, luego, los tesoros
más secretos, como el prodigio renacentista de la Casa de
Pilatos o los altares barrocos de los conventos. En un patio
donde cantaba el rumor de una fuente, se par� y me dijo:
-- Comprendo que os pasa como
al conserje del Museo del Prado. El conserje del Prado, como
todos los días ve "Las Meninas", llega a no darle
importancia. Y lo mismo les tiene que ocurrir a los gondoleros
de Venecia, o a los guías de las pirámides de Egipto,
insensibles ya, por cercanía diaria, ante tanta belleza.
El camarero del atún de Tarifa
lo tiene clarísimo. No es, desde luego, como el conserje del
Prado. Sabe mejor que nadie que vive en un paraíso. Y si vive
uno en un paraíso, ¿para qu� se va a mover?