En el calendario
civil que no viene en los almanaques ni en las agendas, tras el
Día de la Declaración de la Renta llegan los Días de Engordar. Los
fines de semana de julio, a las esperadas vacaciones de agosto.
Ahora, ahora, señora, ir� usted adquiriendo todos esos kilos de
más que cuando llegue septiembre harán de ese mes justo al
contrario de lo que dice la canción. A efectos de la báscula del
cuarto de baño, cuando llegue septiembre no ser� todo maravilloso,
sino espantoso: todos tenemos muchísimos más kilos que al comenzar
las vacaciones.El calendario de los kilos
de más que todos ponemos est� muy mal ajustado. Ahora, cuando los
vestidos son ligeros, cuando no hay abrigos ni chaquetones que
disimulen michelines y cartucheras, era cuando deberíamos estar
todos ligeros de grasas, y es precisamente cuando más comemos
fuera de casa y, por tanto, cuando más peligros de excesos
tenemos. Un amigo le tiene horror a la llegada del verano. No sólo
por esa prueba terrible de los cambios de armario, de invierno a
verano, cuando comprobamos que a la chaqueta de hilo que nos
estaba perfecta en septiembre pasado, ¿qu� le ha pasado, que ahora
no cabemos en ella, y casi le estalla el botón y salta como un
proyectil si intentamos abrochárnosla? Este amigo le tiene horror
al verano por esa tripita, ay, la tripita que nos crece a los
caballeros como las señoras se dejan las cartucheras. La llama "la
prueba del niqui":
-- Con una camisa de verano disimulas bastante
la tripa o el barrigón. Basta con que no te la ajustes mucho, que
no te la pongas "fitted", como dicen los americanos, y que as�,
sueltecita sobre el cinturón, te disimule el barrigón de la
cerveza y las comilonas. Pero lo malo es cuando te pones el niqui.
Ah� no hay escapatoria. El niqui se te pega a la tripa el
condenado, te la señala; yo creo que hasta te la aumenta, a
traición y a conciencia. Y me parece que este verano no voy a
poder pasar la prueba del niqui, como sigamos comiendo como
descosidos.
O como vayamos a los restaurantes de mucho
esperar. He descubierto que comiendo fuera de casa, en efecto, se
engorda bastante más que almorzando o cenando cualquier cosa en el
hogar. Y he descubierto, además, que lo que más nos hace engordar
en el restaurante no son los chuletones o sus generosas
guarniciones de patatas. No aumentamos kilos con los siempre
apetecibles platos de cuchara, con la pasta o con la pizza que nos
tomamos con los niños en un italiano de la playa. Lo que de verdad
engorda en los restaurantes es la espera de los platos. Vienen
días horrorosos de bullas, de camareros desbordados y cocinas
colapsadas, de esperas de horas y horas del arroz en el
chiringuito. Ese arroz que el día anterior encargamos para las
tres y que como muy pronto acaba llegando a las cuatro y media de
la tarde.
Ah�, en esa espera de los platos, es donde est�
el peligro, sobre el que les advierto. Para aliviar la espera y
hacerte creer que el servicio es rapidísimo, los camareros de los
restaurantes tardones del verano te traen inmediatamente dos
cosas: la bebida que hayas pedido y la cesta del pan. Ah� est� el
peligro. No en la bebida. El peligro est� en la cesta del pan.
Beber, te puedes beber dos cervezas, tres. Las mismas que te
tomarías en un aperitivo. Lo malo es la tentación del pan,
crujiente, recién cocido quiz�, envuelto en su papel de seda,
refinado, lustroso. Completamente apetecible. Te dicen que el
arroz que pediste ya va a venir, que est� marchando, y en la
espera...¡te entra un hambre! ¿Y qu� hacer? Pues meterle mano al
pan. En las esperas veraniegas del restaurante de playa y del
chiringuito acabamos metiéndole mano inmisericordemente al pan. El
pan que en casa ni probamos, lo devoramos. Pan a pellizcos; pan
que hacemos como ansioso bocadillo con la mantequilla
empaquetadita en papel de plata que pusieron; o que mojamos con la
jarrita de aceite de oliva español que ahora se estila. Por si
faltaban peligros al pan, encima, el aceite pastoso, puro, que
echamos en el plato y mojamos con el pan para quitarnos el hambre
de la espera.
Por el peligro de engordar comiéndonos el pan,
un bollo y otro bollo, mientras esperamos pacientemente la comida,
tengo hecha mi clasificación particular de los restaurantes. No
por categorías de tenedores, como se suele. Yo la hago por bollos,
según te los comes esperando. Tengo clasificados los
establecimientos que frecuento en restaurantes de un bollo, de dos
bollos o de tres bollos. Que son el número de piezas de pan que
nos comemos antes de que nos sirvan el primer plato o el gazpacho
de entrada. Esta clasificación es al revés que los tenedores:
cuanto peor sea el restaurante, más bollos que te comes antes del
primer plato. Temo que llegue el fin de semana y que en la playa
vayamos a cenar una vez más a ese restaurantito simpático,
familiar y marinero, que es de dos tenedores, pero de tres bollos.
Los tres bollos que todos nos comimos antes del primer plato la
última vez que estuve.